The ING New York City Marathon 2011

UN SUEÑO DE IDA Y VUELTA

El pasado día 6 de noviembre se cumplía finalmente un viejo anhelo de todo el equipo, participar en el que seguramente será para muchos el más conocido y prestigioso de los maratones que se disputan a lo largo y ancho del planeta. Y no por ello significa que sea el mejor. Pero si algo percibes nada más llegar al edificio Jacob Javits Convention Center (lugar donde se ubica la sempiterna feria del corredor) es la magnitud del evento en el cual vas a participar. La marea humana allí congregada, los múltiples stands de las diferentes marcas deportivas y de otra índole, el merchandising oficial (nunca había visto comprar tantísimas prendas conmemorativas), etc.., etc.… Íbamos a vivir algo realmente grande.

A las 5:00 de la mañana hora local, nos reunimos todos los expedicionarios en el comedor del HOTEL SAN CARLOS en el que nos hospedamos (Situado en la 3rd. Avenue a la altura de la calle 50, distrito de Manhattan). Las emociones estaban a flor de piel, yo el primero. A las 6:00 nos reunimos todo el grupo para subir a los correspondientes autobuses que nos llevarían hasta STATEN ISLAND, lugar de la salida. Subimos al autobús y estaba todo lleno, así que Miguel y un servidor, resignados, decidimos sentarnos al final del mismo pero en el suelo para no realizar todo el trayecto de pie. Poco después, nos informan de que podemos trasladarnos en furgoneta, ya que quedan 2 plazas libres en ella, donde viajan los organizadores y algún que otro corredor más. Ante la oferta, los dos Calambres nos dirigimos raudos y veloces al mencionado vehículo; esa fue la causa de que no pudiéramos volver a reencontrarnos con nuestros compañeros. Allí en la parte trasera coincidimos con dos veteranas atletas escandinavas, sueca y noruega respectivamente, con las que charlaremos animadamente durante todo el viaje y a las que no dudaremos, como no podría ser de otra manera, en invitarles a formar parte de nuestro club. Como por arte de magia, antes que pudieran reaccionar, ya tenían en la cara el imán para la nevera conmemorativo de nuestro segundo aniversario.

Una vez allí, lamentablemente, Miguel y yo por un lado, y Ely, Dani, Vicent por otro nos tuvimos que buscar las habichuelas. Era literalmente imposible encontrarnos. Después de vagar un rato en compañía de Luis Hita y el resto de españoles, nos dirigimos hacia la zona azul, la nuestra. A las 8:40 nos piden por megafonía que nos dirijamos a los corrales (cajones de salida por tiempos y número de dorsal). Como yo tenía un número de dorsal superior al de mi compañero Miguel, no nos pusieron ningún tipo de objeción para acceder a la mencionada zona acotada. De haber sido al revés, no nos hubieran permitido realizar el cambio.

Aunque la temperatura era fría, los primeros rayos de sol de la mañana nos permitieron pasar los últimos instantes previos a la prueba de forma agradable. Nos sentamos al lado de los aseos y ala, a esperar. No intercambiamos muchas palabras, ya todo estaba dicho.

Antes del pistoletazo de salida, Miguel y yo preparamos la táctica de carrera. Miguel me comenta que él prefiere salir despacio al principio y ya iría viendo. Finalmente, decidimos comenzar la prueba en grupo. Los primeros instantes fueron mágicos, con la música de Frank Sinatra de fondo entonando el “NEW YORK, NEW YORK”, junto con la interpretación a capella del himno americano (todo el mundo en el más absoluto silencio), y los gritos de unos niños/-as encaramados en la alto de un camión que nos pedían insistentemente que les lanzáramos la ropa (posiblemente de algún centro de acogida u orfanato).

Los primeros metros son espectaculares, ya que sin tiempo para pensar, te ves cruzando el impresionante puente VEZARRANO-NARROWS (que une STATEN ISLAND con el distrito de Brooklyn). La vista es excepcional, con el océano a la derecha y la majestuosa estampa de los rascacielos de Manhattan al fondo a la izquierda.

La emoción nos invadía y sólo hacíamos que reír y captar imágenes con la mini cámara “llavero” que Miguel portaba en su bolsillo. El ritmo era cómodo y los primeros kilómetros solo hicimos que superar a rivales (mala señal, por lo menos para mí).

Como ya he repetido muchas veces, es increíble la sensación que experimenta el corredor al ver como la gente no cesa de aplaudir, jalearnos, gritarnos, extienden sus manos para chocarla…. La respuesta del pueblo neoyorquino hacia su prueba es admirable. Hablaban de unos 2.500.000 de espectadores, no me extraña. Y la música, que decir de la música, bandas de rock tocando música en vivo cada pocos metros, un coro de góspel a la puerta de una iglesia, un gaitero en pleno puente… (Me emocioné más que lo hubiera hecho William Wallace en Braveheart).

No habíamos llegado todavía a la distancia del medio maratón, cuando me di cuenta de que era momento de empezar a remar en solitario, ya que Miguel claramente podía apretar un poco más lo dientes y tirar para adelante. Y así lo hizo.

Mentiría si os dijera que al pasar el medio maratón con un tiempo cercano 1h y 50 minutos, debía sentirme relativamente cómodo, nada más lejos de la realidad. Algo iba mal y las sensaciones eran preocupantes. Tampoco quiero aburriros más, los puentes y las avenidas se me atragantaban al paso de cada kilómetro. Mi única obsesión era visionar a lo lejos la zona verde de CENTRAL PARK, señal que la meta estaba cerca. Conseguí llegar a duras penas al parque, por momentos andando (algo que me dejó tocado moralmente), pero con un sufrimiento bárbaro y con los primeros calambres haciendo acto de presencia.

Llegado a la milla 24, resignado, el cuerpo me dijo basta y muy a mi pesar, decidí abandonar la prueba. No podía dar ni un paso más, no tenía fuerzas. Me acerqué a un policía y quise sentarme a su lado. En el momento que flexioné las piernas, caí plegado como si fuera un bloque de piedra. Un amable espectador tuvo que ayudarme incluso. El policía llamo a los miembros de Cruz Roja que se personaron al instante. Pero ni sus masajes a tres bandas ni sus palabras de aliento, pudieron hacerme cambiar de opinión. El aquel momento sólo hubiera podido recuperarme el famoso ungüento de color verdoso del gran masajista local apodado Poldo “Barret” (“Sombrero”, por su pequeña estatura).

El resto fue una odisea. De ahí al hospital de campaña cercano. Me gustaría desde aquí reconocer y agradecer a todas las personas que me atendieron por su buen hacer y profesionalidad. Se volcaron conmigo desde el primer momento. Un 10 para ellos. Ahora lo recuerdo con una amplia sonrisa, pero en aquel momento la cosa no estaba para fiestas.

Después de medirme la temperatura corporal 7.000.000 de veces, el médico, no contento con la información, decide poner en marcha el plan “B”. Ya, dentro de la ambulancia, me pide que me coloque de lado sobre la camilla y la enfermera de la GESTAPO después de enfundarse sus guantes de látex (bromas aparte, se portó de maravilla conmigo durante las casi hora y media que estaría con ella), me introdujo el aparatito por el “florí” (el ano). No una, dos veces. Superguay.

Lo único que sabía era que no podía caminar, y ante la invitación a llevarme a un hospital cercano para realizar algunas pruebas, pensé que sería la mejor opción. Una vez allí, después de pasar el pertinente registro, directo a un box en la zona de urgencias (Parecía Anatomía de Grey o HOUSE), “pullazo” por vía intravenosa y tres goteros entre pecho y espalda. Me trataron de forma excepcional todos, doctores, enfermeras,…. Me dieron un pequeño tentempié. El único que parecía no disfrutar de mi presencia, puesto que estaba bastante preocupado (yo más), era un chico de color que sólo hacía que recorrer la sala con unos papeles pidiendo datos a diestro y siniestro. Y a mí también, por supuesto. Su única preocupación era conocer mis datos personales y si poseía algún tipo de “INSURANCE” (Seguro médico). Ya conocéis el tema de la sanidad en U.S.A. O tienes un seguro médico o te mueres, así de claro. Con toda la naturalidad del mundo le dije que claro que tenía seguro (todo esto en inglés, no os lo perdáis) el de “the Social Security” ,pero en España. La cara se le puso de todos los colores habidos y por haber.

No me molestó más, la verdad. Antes de marcharme, hablé con mi amiga enfermera latina, y le pregunté sobre el tema. Me tranquilizó al comentarme que las urgencias no se pagan, ya que pensaba que la broma me iba a salir por un ojo de la cara. Pero si pensáis que la historia acaba aquí, ni mucho menos.

El médico me da el visto bueno para marcharme. ¡Qué bien! Por lo menos se que estoy en Manhattan que tiene unos 40 km de largo por otros tantos de largo. Salgo de ese hospital, acompañado de mi inseparable manta, que gentilmente me habían donado y allí me veis, paseando por LEXINTON AVENUE a las 19:00 de la tarde, con un frío que pela, y sin saber muy bien hacia dónde dirigirme.

Y ahora os preguntaréis, pues que tonto, haber cogido un taxi. Y eso es lo que intenté de forma infructuosa. ¿Qué se paraba alguno? Casi me atropellan. Me quité la manta de encima, pensando que ese era el motivo que los disuadía para recogerme. Ni por esas.

Como me sentía bien físicamente, las piernas recuperadas, decidí seguir caminando. Pregunté a un chico si iba en la dirección correcta, a lo que él respondió que sí. El edificio Chrysler me sirvió como referencia. A falta de tres calles para llegar a mi hotel, paró un taxi, y me lancé en plancha a su interior. Cuando llegamos a los pocos metros, ya me daba igual. Lo que quería es reencontrarme con mis amigos. Los 39 km recorridos, más los 3 que hice andando aproximadamente, me podrían haber “convalidado” el maratón.

Allí estaban José y Luis Hita entre otros, a las puertas del hotel. Les conté la historia en dos pinceladas y a llamar a mi mujer desde la habitación, a la cual estaban también a punto de hospitalizar (¡Pobrecilla, que mal rato les hice pasar a ella y a mis padres!).

Después de 3 horas de videoconferencia con España, ducha, charla con los amigos, muchas palabras de ánimo y a dormir.

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